jueves, 22 de junio de 2017

CARTAS DESDE ITÁLICA (I)



(Querido lector, los enlaces del texto funcionan)


          I. MI NOMBRE ES MARCO ULPIO TRAJANO


Querido Diego:


         Me llamo Marco Ulpio Trajano. Nací en Itálica, desde donde te escribo, una importante ciudad del sur de la Hispania Romana, en el año 53 después de Cristo, y mis restos descansan en una pequeña localidad del sur de Turquía llamada Selinus, donde morí días antes de cumplir 64 años.


          Te digo todo esto porque ignoro cuánto y qué se cuenta sobre mí en tu colegio, aunque sospecho que poco. Puede que sepas que fui emperador de Roma, tu abuela, pero seguramente no te han contado que bajo mi administración, el Imperio alcanzó la cima de su poder y extensión territorial. Casi todos los historiadores me consideran uno de los más grandes emperadores de Roma.




         Desconoces esto, de la misma manera que sabes poco de tu madre, España, heredera de Roma. Por eso desprecias su historia; por eso crees a pies juntillas todas las falsedades que se han venido contando sobre las andanzas de tu madre a lo largo del tiempo. Por eso te has tragado toda la propaganda, que poco tiene que ver con la verdad y sólo responde, desde el siglo XVI hasta hoy, a algo mucho más viejo que tu madre, algo incluso más viejo que tu abuela…la obtención y conservación del poder. 



        Si esto es así es porque tu madre jamás puso el necesario empeño en que no triunfara la insidia. Ignoro las razones, pero sí te digo que quienes pudieron haber dado la batalla de la información y no la dieron, desconocían por completo hasta qué punto era importante hacerlo. No ya por la salud del Imperio que tu madre fundó, sino porque se trata de algo que ha trascendido al tiempo. Y te afecta, porque en ese fanático intolerante, sanguinario conquistador o tétrico inquisidor que de tu madre hicieron otros, están muchos de los complejos que como español tienes respecto al resto del mundo civilizado. De ellos nace la admiración rendida y humillada hacia quienes en realidad, tendrían más razones para admirarte a ti que para ser admirados. 




         En ellos y otros clichés parecidos se encuentran las razones por las que a tu madre y otros herederos de Roma se les pueda llamar “PIGS” cuando tienen problemas para pagar sus deudas. Los que de esa manera tan despectiva reparten etiquetas de cerdos ,no son otros sino quienes manejan los hilos de la información desde hace 500 años.

Algunos que precisamente son los que más tendrían que callar, a la vista de algunos hechos. Al hilo de débitos pagados tarde y mal, de reparaciones nunca satisfechas a  quienes hoy ahogan y tildan de puercos, con la misma propaganda y desprecio que arruinó la imagen de tu madre. Porque Alemania tardó 92 años en satisfacer sus obligaciones, es el peor deudor de la historia, y nadie la calificó nunca con ese desprecio.



       Inglaterra también recurrió al préstamo en su día, el mayor de la historia del FMI, en 1976, cuando tuvo que ser rescatada, pero nunca fue considerada un PIG. Jamás cayeron sobre Alemania o Inglaterra las cataratas de tópicos sobre la desidia, vagancia, irresponsabilidad e incultura de sus habitantes como lo hacen ahora sobre griegos, portugueses, irlandeses, italianos o españoles. Nunca se pudieron leer en los periódicos calificativos sobre alemanes e ingleses que les pintaran como auténticos parásitos que se aprovechaban del trabajo del vecino.




         ¿Crees que no te afecta? Pues sí lo hace, la propaganda de entonces, que aún vive, sirvió para adquirir un poder que hoy perdura, y tiene un impacto directo en tu calidad de vida, en la salud económica del sitio en el que vives.

         En que decidan por ti, PIG, cerdo, en que hayan determinado que tú y el resto seáis esa piara de trabajadores de bajo coste destinados a servir a los prósperos señores del norte a cambio de un salario mísero, de unas condiciones de vida de las que además eres merecedor por los pecados de tus antepasados.


         O en que cada verano lleguen de saldo y en número creciente, auténticos bárbaros a disfrutar de tu casa, y en ella se emborrachen, dejen la calle como un vertedero, se meen contra las tapias, caguen en la playa y hagan en general todo aquello que no harían, por respeto, en sus lugares de origen. Lo hacen porque creen que es correcto, porque están convencidos de que aquí está bien, porque pretenden ser los herederos de los héroes y a ti te consideran el descendiente de los miserables, porque lo que empezó hace tanto tiempo aún perdura, y sigue siendo útil: la propaganda y la manipulación de la historia.




       Y es que hay cosas que no sabes, y ellos se han encargado, con nuestra inestimable ayuda, de que no las sepas, pero yo te las voy a contar. Te mostraré a lo largo de estas cartas cómo de falsos son los clichés que nos pusieron y aún subsisten. Podrás comprobar tú mismo que no se sostienen, por mucho que la literatura, los documentales, los periódicos y el cine de hoy (incluidos los  nuestros) sigan dando cuerda a Torquemada, Felipe II como el Demonio del Mediodía o a Hernán Cortés como un carnicero.


        Pero primero, por favor ponte en situación.  Haz el esfuerzo de entender el mundo y la sociedad de hace 2.000 años, de hace 500 años, y comprende que por entonces “Imperio” era sinónimo de seguridad para la gente. El Imperio se oponía a los particularismos, producía una ley que era igual para todos, y fulminaba el capricho del señor particular. Cuando mi Roma cayó, esa unidad se vino abajo, el mundo medieval se convirtió en una amalgama de mil mundos y el ser humano se vio sometido al antojo de quien le poseyera circunstancialmente. En la idea de Imperio está el acabar con eso, está la universalidad, la uniformidad. 




         Imperio era arquitectura, vías de comunicación, unidad en el comercio, moneda común, y respeto al distinto siempre que acatara la Ley, la de todos. No en vano con el tiempo, los pueblos que formaban Roma acabaron sintiéndose y comportándose como romanos, y no es casualidad tampoco que tanto de Roma siga vivo hoy.


         Pues bien, a este lado del Danubio sólo ha existido otro Imperio como tal: el de tu madre, España, lo demás fueron negocios. Los intentos ingleses, franceses, holandeses, y el colonialismo del siglo XIX, no pasaron de ser explotación de la tierra y su gente sin dejar prácticamente nada a cambio, por muy grandes y rentables que algunos llegaran a ser. Sólo la monarquía española intentó, y consiguió, fundar un Imperio que fuera más allá de lo puramente económico después de Roma.


         Y no en vano hoy Europa busca lo mismo: la unidad. 


         Pero no bajo la égida del humanismo de Erasmo, que admiraba a Carlos I, no bajo el espíritu de Roma, sino opuesto a ello, conservando unos particularismos que dividen a la gente entre ellos y nosotros, entre buenos y malos europeos, entre laboriosos y vagos, entre los que pretendidamente ostentan los valores que han construido Occidente y los que parece que significamos todo aquello a pesar de lo cual pudo construirse. 


         Me despido, pronto te llegará mi próxima carta, en la que te hablaré de la falsa intolerancia de los españoles de la Edad Moderna y la aún más falsa liberalidad de las naciones protestantes.

Pero antes, quédate con una idea: lo que voy a exponerte no implica que yo apruebe las cosas que unos y otros hacían, tan sólo quiero que compruebes hasta qué punto es falso que tu madre encarnara la tiranía de la razón y el espíritu, mientras que sus vecinas fueran paladines de la libertad y el albedrío. 


         Ni una ni otra son verdad, menos aún desde la escala de valores del siglo XXI, pero de poder trazarse una idea contextual de aquello, verás que fue justamente al contrario. Lo vas a comprobar y te va a encantar.


          Cuídate, Diego.


          Marco.

3 comentarios:

  1. Deseando recibir la próxima carta.
    Un hermano de Diego

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  2. Muy bien, Oscar, como siempre.

    Leeré con atención tus cartas. A ver si con ellas consigues desasnar a alguno por estos pagos, que buena falta nos hace quitarnos esa manía que tenemos los españoles de autoflagelarnos y de romperlo todo siempre que empezamos levantar cabeza.

    Lo de desasnar a los de fuera, a los que nos miran desde hace siglos por encima del hombro, lo veo prácticamente imposible, francamente, pero... que les den.

    Un abrazo,

    Garikoitz

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  3. Bien harían en leer tus sabrosas misivas todos aquellos que recurrentemente se dedican a sacar los ojos a sus propios hermanos con ponzoñas concebidas, sin ellos saberlo, por mentes bárbaras de ambos lados del Atlántico.
    Gracias por escribirnos, amigo.

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