jueves, 3 de mayo de 2018

CARTAS DESDE ITÁLICA (V)

EL GOL DE ZARRA



Estimado lector, los enlaces del texto funcionan.



Querido Diego:

Mucho tiempo ha pasado desde la última de mis cartas. Situaciones de todo tipo me han mantenido lejos de escribir, situaciones que no te tengo que contar porque conoces de primera mano. Tengo la intención de que ésta sea la penúltima.

Esta carta de hoy no tiene como objetivo satisfacer ningún ardor guerrero patrio, ningún afán de triunfalismo cañí, sino más bien hacer justicia a la Historia y desterrar complejos infundados.

Complejos que tienen su origen en la máquina de propaganda histórica que te he venido describiendo a lo largo de estas cartas. 

Y no es sólo por el hecho de apuntar tantos en un marcador falseado, es en realidad por denunciar un entramado que más allá de los resultados, de vencedores y derrotados, nos ha convencido de que la historia viene siendo una película con final feliz: la que cuenta la derrota de los malos a manos de los buenos; la que relata cómo los pérfidos españoles fueron repetidamente aplacados en sus delirios radicales mediante las armas empuñadas por los paladines de la libertad luterana. 

Esta trama tiene generalmente como protagonista a Inglaterra, de cuyas hazañas bélicas ante el español, ante el intolerante fanático inquisidor está la historia llena, contando generalmente sólo algunas cosas y escondiendo otras. Pero antes, un poco de historia futbolera.

Antes de nuestros triunfos en esta década, lo más grande que habíamos hecho en la Copa del Mundo de fútbol era ser cuartos en Brasil 1950. Aquello ocurrió gracias al gol que Zarra marcó a Inglaterra, que puedes ver en el vídeo que te he puesto más abajo.



Tras el partido, la expresión del entonces presidente de la Federación Española de Fútbol, Muñoz Calero, fue: “Hemos vencido a la Pérfida Albión”.

Esa frase, Diego, compendia una conciencia, nada dormida, de complejos y deseos de revancha contra quien supuestamente nos venía mojando la oreja durante siglos en otros ámbitos. Es una especie de pedrada a un muro construido sobre falsedades y omisiones, pero que se encuentra firmemente asentado en nuestra propia razón histórica. 

Pero ¿existe realmente algún motivo para esos complejos?

La respuesta es negativa, nuestro balance es mucho más favorable de lo que cuenta la factoría de propaganda británica. Coleccionamos bastantes victorias, algún empate y pocas derrotas. Veamos.

El relato de los enfrentamientos bélicos entre España e Inglaterra es esencialmente marítimo, y en este sentido hay dos batallas que ocupan un lugar de preeminencia histórica a nivel global: La Batalla de Trafalgar y la “Armada Invencible”. 

Habría que hablar mucho sobre ambas, especialmente sobre la segunda, pero no voy a hacerlo porque me extendería mucho. Ambas fueron derrotas, no cabe discusión alguna, aunque sí he de decirte que la Armada de Felipe II jamás fue llamada aquí la “Invencible”, sino “La Gran Armada”. El susodicho adjetivo se lo colocaron los ingleses, después de haberla vencido.

Pero existen otras historias de las que la mayoría de los españoles, sin estudios y con ellos, no podrán decirte nada. Y no podrán, no sólo porque la productora anglosajona de ficciones y manipulación se haya encargado de silenciarlas, sino porque nosotros mismos hemos querido olvidar nuestra propia historia y hemos aceptado estúpidamente avergonzarnos de ella.

Inglaterra ha intentado invadir España o sus posesiones en cinco ocasiones, y en todas ellas vino a por lana y se fue trasquilada. Mira:

1-    Veracruz, Mexico, 1568.

Francis Drake, el verdugo de España en Gravelinas, se llevó bastantes palos tras una prolongada campaña de piratería a lo largo del Golfo de México, cuando intentó tomar la ciudad de Veracruz y recaló en el puerto de San Juan de Ulúa, para reavituallarse.

Allí fue sorprendido por una flota española, que le hizo añicos, y puso a la fuga. Los españoles contaban con 4 barcos, por 7 del inglés. El glorioso Drake fue capaz al final de huir, conservando 2 de ellos, y dejando atrás unos 500 muertos, por 20 del lado español. Por cierto, el pirata a sueldo de la reina de Inglaterra acabaría encontrando la muerte en 1596, mientras protagonizaba su enésimo fracaso contra los españoles, esta vez en Panamá (el enlace habla del fallecimiento de Drake y su muerte en Panamá, pero si te lo lees verás que aquella campaña fue una sucesión ininterrumpida de derrotas) 

Resulta llamativo que haya sido elevado a la categoría de héroe nacional quien, como Francis Drake, prácticamente sólo tiene palos en su hoja de servicios. Pero ya se sabe que la historia no es lo que ocurrió, sino lo que se cuenta que ocurrió. Dejaré para el final el más asombroso de sus fracasos, por ser el más llamativo.

2-   Cartagena de Indias, Colombia, 1740.

Este episodio histórico, afortunadamente sí viene siendo reivindicado en nuestro país en los últimos tiempos, así como la figura del Almirante Blas de Lezo. En este enlace puedes leer sobre ello de manera detallada, pero si no quieres extenderte, quédate con que los ingleses intentaron invadir Cartagena de Indias poniendo en el mar una flota que no ha vuelto a verse hasta el Desembarco de Normandía. Más de 180 barcos llevando además 33.000 marineros y soldados de infantería, a la que Lezo opuso 2.000 hombres y 6 navíos. Los británicos celebraron la victoria antes de combatir, con fiestas en las calles y monedas conmemorativas (que luego se han encargado de esconder) pero el resultado fue bien otro: una derrota humillante.  Se marcharon de Cartagena con más de 15.000 bajas y 44 de sus barcos haciendo compañía a los peces. Las pérdidas españolas no llegaron al millar.

3-   Argentina, 1802 y 1804

De las pocas ocasiones en que España e Inglaterra han dirimido sus cuitas lejos del mar. Las invasiones inglesas acabaron con derrota.


4-   La “Contra Armada” 1589

Muy poca gente conoce este episodio, que constituye sin ninguna duda la mayor derrota naval de la Historia (con mayúsculas). Es incluso mayor que la de Cartagena, un desastre de tal magnitud que resulta difícil relatarlo con detalle sin escribir 10 folios.

Un año después del fiasco de Felipe II y la “Invencible”, Isabel I de Inglaterra ordenó una expedición de represalia e invasión contra España, comandada, cómo no, por el figura de Drake, ese almirante…

A su disposición puso 150 barcos (la “Invencible” constaba de 120, por cierto) y unos 34.000 hombres.

La expedición comenzó con el fallido ataque e invasión a La Coruña, de la que el inglés tuvo que retirarse dejando cuantiosos cadáveres detrás; prosiguió a Lisboa, donde alcanzó también a poner pie en tierra, pero acabó siendo evidente que la ensalada de palos estaba siendo tan espectacular, que Drake puso rumbo al Atlántico en una desordenada huida que no evitó que los españoles le dieran caza en la Azores, le capturaran 4 barcos y le inflingieran un duro castigo. Continuada la huida, ya hacia Inglaterra, paró en Vigo para al menos rapiñar algo y poder llevárselo a su reina, pero ni siquiera aquel pueblo, entonces de unos 600 habitantes, se dejó tomar.

Total… que En 1588 la Armada Española llamada "Invencible" sufrió 11.000 bajas, mientras que sólo un año después, en 1589, las pérdidas de la “Contra Armada” británica de Drake superaron las 20.000, más de la mitad de los hombres en liza, además de  76 buques, por los 37 que dejó atrás la  “Invencible”.

Pero lo de siempre, ya se sabe… todo el mundo conoce una Armada, y es la “Invencible”, no la de Drake. Resulta humillante que tenga que ser un inglés, Ben Walsh, Presidente del Comité de Educación del Gobierno Británico, quien diga que;

La Armada invencible es percibida como una victoria y la Armada inglesa, evidentemente no lo es. El plan de estudios moderno proviene de esos valores culturales… Podría parecer injusto que un ataque desastroso de Inglaterra contra España sea completamente olvidado mientras que un ataque desastroso de España contra Inglaterra sea universalmente recordado”.

De la misma forma que lo es el hecho de que sea otro inglés, el historiador Snow, quien, hablando de Blas de Lezo,  nos recuerde que:

 Si quisiéramos imaginar el perfecto héroe militar, uno de los principales candidatos sería don Blas de Lezo. De hecho, si perteneciera al mundo de habla inglesa, numerosas películas y libros ya lo habrían inmortalizado”

Si lo que deseas es un cuadro más general, echa un vistazo a la relación de guerras declaradas entre ambos países y verás cómo de manera global el balance nos es claramente favorable:

-      Guerra de las Armadas, Guerra del Designio Occidental, Guerra del Asiento y Guerra Anglo Española (II) . Todo en el mismo enlace.

Si te atrae lo naval, te recomiendo este libro, y si aún quieres abundar más en episodios concretos, te sugiero que busques información acerca de sucesos olvidados intencionadamente, como la Batalla de Zutphen, la de Tenerife o la de Pensacola.

Y créeme, chaval, mi intención no es hacer una relación de derrotas y victorias, sino que intento contarte una verdad que está oculta, fundamentalmente por nuestra torpeza. De la misma manera quiero atacar a algo que es parte de un mecanismo más grande, y concretamente cuenta una fábula en la que unos derrotaron repetidamente a otros, porque ellos eran los buenos, y los otros los malos.

Así que, Diego, vete quitando el complejo, que nuestro “goal average” (perdón) con Inglaterra es más bien favorable, y les metimos muchos más que el de Zarra.
Cuídate, Diego, pronto te llegará la última carta.

Marco Ulpio Trajano.

 

domingo, 22 de octubre de 2017

AL OTRO LADO DE LA VENTANA







La última vez que te acompañé en el hospital te dieron una habitación en un bajo. Yo salía de vez en cuando a fumar y hablábamos por la ventana abierta, tú tumbada en la cama, yo fuera. Hace poco atravesaste otra ventana, una desde la que aún puedo hablarte, pero que pertenece a una habitación en la que ya no puedo entrar, ni dormir contigo. 

Tú fuiste la ventana desde la que empecé a ver el mundo, la que me regaló el privilegio de ser tu hijo, la que me enseñó cómo y por dónde empezar, la que me ofreció un paisaje que siempre se debía mirar desde el optimismo y el atrevimiento.

Eres la tierra que me parió, esa misma tierra a la que ahora has vuelto, y yo quisiera excavar a brazadas de amor para volver a verte. 

Amor eterno, e inolvidable.

Fuiste lo que me trajo y eres lo que ahora me llevo, lo que podré dejar el día que volvamos a estar juntos.



Eras cromos de la Pantera Rosa, tebeos de El Jabato, Tigretones, mi primera entrada para ver al Atleti, beso largo y mejilla agradecida. Refugio seguro, penitencia justa, confesionario siempre abierto y al final abrazo. Enormes ojos verdes, que a veces me miraban de una forma que jamás podré describir, pero no olvido, porque la magia no se puede contar, se siente, se vive y se disfruta. Risa abierta y sonora, ternura infinita y madre de una pieza.

Además guapa, tan guapa…

Fuiste tú quien me enseñó a no tener miedo, porque tú nunca lo tenías, y creo que ése es tu mayor regalo, el que yo más venero. Tú también, quien me animó a visitar el espejo de vez en cuando para comprobar si podía mirarme en él sin reparo. 

Mujer de una vez, siempre de cara, razones en mano. Pacifista que nunca rehuía una pelea cuando creía que “no quedaba sino batirse”, pero generosa al final para marcharse en paz con todo el mundo. ¡Qué lección tan grande!

Gladiadora incansable de los principios, luchadora del deber ser, matrona romana de raza secular. Semilla antigua, raíz firme y tallo hermoso, amante de las ramas. A veces zapatilla voladora. Pero también, en palabras de algún amigo mío, la primera “madre moderna” que conoció. 



Porque eras discos de vinilo, música a todas horas y “rock& roll” bailado en el salón. Fuiste Neil Diamond, Miguel Ríos, Brenda Lee, The Platters, Los Bravos y los Everly Brothers. Pero sobre todo Elvis…ése que cuando se fue dijiste que se había llevado tu juventud; afirmación falsa porque joven es quien siempre mira hacia adelante y planea para mañana, como tú hiciste hasta el último día. Quien no entiende emprender nada si no es con la ilusión de una niña, la que siempre estuvo en ti. Porque fuiste extrañamente capaz de ser madre y niña, adolescencia vivida con pasión cuatro veces: la tuya y la de tus tres hijos… supiste contarnos con maestría cómo afrontar el vértigo y disfrutar el camino de crecer.


 “De Madrid al Cielo”, literalmente. Cuesta de San Vicente, Plaza de España, Palacio Real, San Antonio de la Florida, Jardines de Sabatini, Jesús de Medinaceli, Plaza de la Cebada y Gran Vía. Ese Madrid habitaba en ti más de lo que tú habitabas en él, porque eras su aroma, una Cibeles montada en ese carro que siempre apuntaba a la vida, mataba las penas con el tridente de Neptuno y miraba más alto que el Edificio España. Tenías la luz de esta ciudad añeja que amabas, la misma luz del cielo de septiembre que te recibió la mañana que te marchaste.



Fuiste estribo de mis arranques de caballo y espuela de mis paradas de burro. Amparo cierto, consuelo infalible, mantel de alegrías, cocina de consejos y trastero de penas. Confidente frustrada cuando comenzó a asomarme el pelo en la cara y yo a guardarme algunas cosas, todas las que te voy a ir contando a partir de ahora. 

Siempre madre, siempre con la sabiduría de volver a hacer niño a un adulto. Como cuando yo te trataba de convencer de que vencerías al traicionero mal que te agarró, y tú me dabas la razón, a pesar de saber lo que había. Para que, otra vez, nada me expulsara de mis infantiles certezas, nada me despertara de ese pueril sueño que me contaba que eras invencible.



Y cuando corté la cuerda para salir del puerto, elegancia y generosidad de mujer grande que miró la vela marcharse con alegría, orgullo de una misión cumplida. Luego, sin soltar jamás el cabo, sin apagar la luz del faro, supiste abrir otra dársena que decía “abuela divertida”.

Combatiste enérgica contra esa garra negra que era más poderosa que tú, con esa actitud marca de la casa, porque siempre fuiste firme con el fuerte y tierna con el débil.

Y al final, cuando te tocó atravesar la nueva ventana, lo hiciste valerosa, genio y figura, oponiéndole esa mirada verde sin tapujos, aceptándola de frente, sin perderle la cara. En la certeza de haber estado aquí para hacer la vida, no para vivirla, legado de una deuda que no está hecha para ser pagada, sino transmitida.

Te querré siempre, madre, nunca te olvidaré. Y sé además que sigues estando ahí, al otro lado de la ventana.