jueves, 12 de noviembre de 2015

EL CIELO QUE ME HABLA



Ya era hora…

Por fin pude pasear por mi cielo de siempre. El que me conoce, el que me habla de tú. Por fin pudimos vernos desde donde mejor le escucho, desde mi asiento con vistas hacia adelante. Porque al cielo nocturno le hablamos, pero el cielo de día nos habla a nosotros. 


Es el cielo en el que te ves, porque con su luz pintó quien eres y lo que hiciste. Un espejo que recoge tu imagen y devuelve paisajes, voces y colores que sólo están en ese cielo. 
El cielo de mi casa me recibió como lo que es: sabio. Me dejó llegar desde arriba, bajar a mi antojo y llegar al suelo para levantar la vista, para oír lo que tenía que contarme, y compartir conmigo algunas cosas que yo aún no tenía claras.

Porque yo siempre supe por qué quería venir, pero he tardado en saber por qué me iba. Siempre fui consciente de lo que tiraba de mí, pero aún no podía ver lo que me empujaba. Sí sabía, mucho antes de hacerlo, que quería probar otro cielo, pero no por qué quería dejar aquél. 

Y ya lo sé.


Mi relación con aquel cielo era parecida a un matrimonio aburrido. Una situación de amor incondicional y verdadero en la que ya ni aportas nada ni nada se te aporta. Un hastío al que se llega por cansancio, desfondamiento y pérdida de la ilusión. 

Cansancio por tener que aceptar que ciertas cosas no cambian, sino empeoran, aunque sea poco a poco; desfondamiento por tanto como se ha puesto, quizá sin dosificación (mea culpa) y pérdida de la ilusión por cada topetazo de humildad que te sienta de un golpe para ponerte en tu sitio: el lugar de los que no están en situación de moldear una realidad que les queda grande. 

Por el camino…orgullo de haber intentado siempre que todo se pareciera a lo que debería ser, aceptado el reto con alegría y tenido la suerte de dormir con quien creía que hacías lo correcto, porque también estaba en su credo, y por ello ha puesto en valor  muchos momentos robados. Aunque quizá, quien sabe, esa comunión inmaterial ha hecho más fuerte el vínculo. 

Más cosas, claro que sí. Sonrisas de aprobación, llamadas de reconocimiento, los abrazos sinceros (de otros, pocos, con daga escondida hago sólo inventario) y la enorme e impagable satisfacción de mirarse al espejo cada mañana con la plenitud de haber puesto una llama de coherencia a los lares de tus principios el día anterior y la disposición a hacerlo otra vez. 

Mi España grande, la del mapa, y mi España pequeña, la de las alas, no tienen un sitio para quien fue. No es raro, ocurre en todas partes; es una silla que pierdes cuando decides irte a Sevilla, y no lo lamento. No me quejo de la irrelevancia y el anonimato repentinos, en cierto modo es un alivio, una liberación de algo que te abrasa cuando vas de pesca y vuelves tantas veces con las manos vacías. Pero sí querría, por pedir… que en mi cielo, en mi España del mapa y en la de las alas, tan parecidas, sepan que fui sincero, entregado y di lo que tuve, como tantos! 

Ocurre que cada uno es como es. Y yo no acepto de buen grado que las cosas no sean como creo que deben ser. Es soberbia, quizá, o falta de humildad…pero no lo puedo evitar.

Y eso me empuja, me empujó y me sigue empujando ser incapaz de asumir que se usaran tablas rasas para equiparar méritos inigualables, que se llamara a las cosas lo que no son, que la mediocridad pudiera compartir espacio con la excelencia, que se dieran por buenas mentiras, que mi España del mapa fuera un sitio en el que el miedo hizo vivac, que mi España de las alas fuera depredada y se me echara la culpa. Me daba de empellones un rebaño de ignorantes que aceptaban un titular de prensa sin pararse a pensar que no tenía sentido, para participar gozosos en la caza del disidente. Me asqueaban los rugidos de la masa aterrada, luego valiente, que arremetía contra quienes plantaban cara a quienes se podían mosquear y amargarnos la vida. No podía soportar a los que tenían miedo a enfrentarse, y por terror, ponían la proa a quienes sí lo hacíamos con el mantra de “acabaremos pagando todos”. 

Me pareció que poco les importaba a muchos si vivir así era digno o no, sin querer asumir que quienes de verdad les esquilman no son otros que los que les azuzan contra el presunto enemigo. Que quienes tenían razón dieran todo por seguir pudiendo pagar los plazos de su plato de lentejas, que aceptaran tener lo que otros les dejaban tener a cambio de estar calladitos. Mansamente…


Me rebelaba que, en mi España del mapa, confundiéramos revolución con poner todo patas arriba sin sentido; que quienes rigieran nuestros destinos, ya sea por la legitimidad de las urnas o la que parece otorgar el IBEX35, sólo tengan el mérito de haber sabido arrimarse a la sombra de un buen árbol. Pero me repateaba más aún que pudieran poner palabras a mucha mayor altura que lo que su vulgaridad justifica.

Y, de verdad, me parece muy bien que haya quien esté contento con este estado de cosas, ya consolidado…pero yo no puedo, a mí me empuja y no me considero mejor que nadie por ello. Sí es cierto que no es fácil dejar de ser como se es, y ando buscando con qué rellenar el vacío que aún tengo y me pide guerra. Quizá eso sea lo peor, buscar pelea otra vez y tener difícil dónde, aunque quizá sea hora de encontrar algo distinto…

Por el empecinamiento de que esto dejara de ser así no cambié antes de cielo. Y no me arrepiento, quizá hubiera sido un acierto desde otros muchos puntos de vista, pero es muy posible que en el pecado de la soberbia lleve la penitencia de haber elegido echar un pulso condenado a perder. Da igual, sólo se vive una vez, y aunque no haya tiempo para aprenderlo todo, creo que es preferible quemarte en las equivocaciones de las que tu coherencia no puede escaparse, que dejar crudo lo intragable.


Os preguntaréis si todas estas cosas no ocurren en el sitio al que he venido. Supongo que sí, en todas partes cuecen habas, pero a mí me dolían y me duelen las que se cuecen en mi olla.

Y aun a pesar de todo…hubo, y hay, muchas más cosas que tiraron de mí que las que me empujaban. Y con más fuerza, porque lo bueno tira mucho más que lo malo, lo alegre más que lo triste. Sobre todo cuando dejas de hablar a un cielo oscuro, y aprendes a escuchar al cielo claro que te habla, al cielo de día.







2 comentarios:

  1. ¡Qué grande eres!, y cómo me gusta leerte. Un besazo desde aquí, debajo del cielo tuyo. Vuestro.

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